Viene como fugaz el recuerdo de una tarde, una de Marzo,
allá por el dos mil doce.
Una conversación, de esas tantas que teníamos, pero esta vez
por teléfono. Y como siempre saludábamos antes de colgar, algo se escapó de tu
voz que no fue usual; enmudecí y sólo pude mover mi brazo para ubicar el tubo en
su lugar. Me paralizó el cuerpo, y el cerebro también. Eran más de las 7 de la
tarde y tenía que irme de la calle Rivadavia, vos ya muy lejos. Fue cuando,
minutos después, cayó un mensaje al celular en el que preguntabas si había
escuchado lo que dijiste antes de colgar...sentí que no podía mover los pies,
creo que en ese momento ya estaba en la calle. Supe responder que creí haber
escuchado algo pero no sabía si había sido parte de mi imaginación. No recuerdo qué dijiste exactamente, pero me
recomendaste que escuchara “Cantata de Puentes Amarillos” y que tuviera muy en
cuenta el final, eso había sido lo que soltaste de tu boca, eso era lo que sentías.
Mi memoria no es una muy fiel compañera, pero tengo muy bien registrada la sensación, algo ardió en mí, era todo, eras vos.
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