Oh, niña, tu inocencia te ha condenado… Pero pronto crecerás y te volverás piedra.
Le regaló alas, se las calzó en las espaldas, estaban diseñadas a su medida, eran perfectas, blancas, relucientes, como la luz del mediodía. Daba vueltas, bailaba al son de la brisa cálida de la primavera bonaerense.
Se vio al espejo, pensó “por fin podré volar”, no había nada que la atara, estaba sujeta sólo a sus alas, y con ellas se echaría a andar.
En la cornisa más alta, dudando un poco, pero decidida a arriesgar, a dejar sus miedos atrás, se lanzó, pero la caída fue inminente. Quedó en el suelo, un poco deshecha, un poco rota, y sus alas vueltas añicos. Entonces se sentó, con las manos raspadas sostuvo su mentón, sus codos en las rodillas, y empezó a calcular….pero no le daba los números. Ella había confiado que esas alas eran de calidad, que eran de fiar, que podría ir bien alto y volver con el alma llena de sueños. Decidió remitirse al origen, se acercó a él y le preguntó “Pero qué pasó con tu regalo? Me lo habías dado con el pecho abierto, con el corazón en la mano, y ahora me encuentro con que son alas de plástico? Claro, cómo iba a remontar vuelo si para eso tenían que estar hechas de plumas, ser livianas, suaves…qué es lo que pasó?”. Y él sólo alcanzó a decir “Es que no tenía para pagar alas de verdad, a cambio de ellas debía entregarte mi alma de por vida, concretar mis palabras, hacerlas un hecho, entendés?”
Entendió, ella entendió. Él borró con la mano lo que escribió con el codo, como dice una canción por ahí. Le regaló alas de plástico, ella creyó que eran originales, como los zapatos de cuero, y se lanzó…al precipicio. Entendió que era más fácil pintar su amor de plástico, vestirlo de sintético, hacerlo bueno por un rato.
Pero ella se había roto los huesos en la acera, se había desparramado en la calle, quedó manchada de rojo, y él ni siquiera había pagado por una mísera pluma.