lunes, 17 de octubre de 2011

Amaneciendo

Tenía un ojo cerrado, otro semiabierto, la luz tenue de la habitación envolvía mi rostro, mis sábanas. Se acercaban imágenes, me acosaban con su dulce aroma de perfume barato y colores socialmente imposible de combinar, de ropas gastadas, un poco rotas.
Parecía un arlequín que me hablaba, pero no entendía nada, yo no entendía o él, no lo sé. Pronto acercó a mi cara una flor que tenía en la mano, al parecer era una fresia, al parecer, también, sabía que me gusta cómo huelen esas pequeñas creaciones de la naturaleza, y sonrió como payaso mal pintado, como esos que me caen mal, que me asustan un poco. Él, que se veía ridículo como yo algunas noches, daba vueltas y saltos, hacía sonidos que, por lo que pude interpretar, era una especie de canto; entonces se filtró una palabra: "Amanecer".
Sí, amaneció y yo con ese pseudopayaso en mi habitación. La claridad entraba cómoda por las hendijas de la persiana, y tenía la certeza que detrás de la ventana había Mar, estaba en la casa de mis sueños, aunque en realidad no sé cómo sería esa casa, sólo quisiera que esté a orillas del enorme cúmulo de agua, dueño de olas plateadas.
Había amanecido, con la furia del sol, y con el viento punzante que "livianaba" el calor.
Ahí estaba yo, con los codos en el borde de la ventana, con la persiana ya levantada, mirando a esa imagen de ensueño, y el arlequín que se iba saltando por encima del líquido radiante, florecido de espuma.

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