P
u
n
t
a
S
u
r.
Me arrimé al contemplativo cielo del pueblo,
como quien se acerca al desconocido, cauto, dubitativo (apenas)
con mucha delicadeza, pisando el suelo,
reconociendo los olores del territorio.
Creí intensamente, pertenecer desde siempre a aquel lugar.
Como una ancestral llamarada inagotable,
del lugar de origen -del amor intacto-
brilló mi alma despojada, desnuda.
Me cantó cada mañana su silenciosa naturaleza,
que no era silenciosa en sí,
sino una melodía interminable de aves, viento y río,
era el silencio que significa la tranquilidad (la de verdad).
Cada centímetro cúbico de aire que ingresaba por mis narices
arraigaba desde adentro hacia mis poros,
la innegable condición primaria del Ser de la Tierra,
reviviendo con más fuerza mi espíritu del aire.
Dejé deslizar mi cuerpo en la dulzura de sus manos,
como nunca antes me habían acariciado,
el agua me envolvió, me abrazó, me olvidó de todo el mundo,
era Yo encontrándome con la volatilidad de las preocupaciones,
la desintegración de angustias previas y futuras.
Me hallaba frente al universo,
en un lugar pequeño pero infinito,
del césped y florcitas silvestres.
Y allí estaban los amigos también,
juntos éramos uno y cada uno y nosotros,
sintiendo el mismo placer.
La música de Punta Sur hizo que poco necesitara escuchar de mi música habitual,
hizo que lancemos algunos acordes y vibraciones vocales al aire, dejando nuestro sello también,
como aquel lugar lo ha dejado en mí, en nosotros.
No quiero despedirme esta vez, en esta situación y ocasión; no quiero decir Adiós,
quiero volverte a ver, reencontrarte y me,
allá donde yace mi espíritu más simple, más puro,
donde no importa los harapos ni los lujos,
donde no importa los peinados ni el maquillaje,
donde, simplemente, se vive.
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