Ella miraba, babeándose, desesperada, saboreándose apetitosamente por el asiento que empezaba a desocuparse. El amague de quien ocupaba el lugar la hizo gesticular de manera desagradable. Desagradable calculadora, posó su dedo índice sobre su boca, como haciendo cuentas.
Estación Lanús. Aquella primera propietaria se levantó, abandonando el sucucho que guardaba la integridad de su trasero. Y la loca (como la mayoría de los pasajeros transportados diariamente) se abalanzó sobre la silla, dejando entremedio, ojos mochos, estómagos insertados en la espina dorsal, pies hechos pomada y demases...
Finalmente, se sentó.
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